Cuaresma 2026: Escuchar y ayunar. Camino hacia la fiesta

Cuaresma 2026: Escuchar y ayunar. Camino hacia la fiesta

Hoy, miércoles 18 de febrero comienza la Cuaresma. Tiempo de conversión. En el Mensaje del Papa León XIV para este tiempo, nos recuerda que «Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. (…)». Por ello, lo primero que recalca en su Mensajes es la importancia de la escucha. «Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta».

Además, nos invita aayunar de palabras hirientes, que afectan y lastiman a nuestro prójimo («Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad») y que no olvidemos la dimensión comunitaria de la Cuaresma: «Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real».

CAMINO HACIA LA FIESTA: MEDITACIONES DE CUARESMA 2026

Con esta invitación del Papa de escucha de la Palabra, os compartimos unas meditaciones para vivir este tiempo de conversión. Unos textos preparados por Ignacio Otaño, SM donde, a partir de la lectura del Evangelio, nos propone una reflexión.

Puedes descargarte aquí el documento completo: CAMINO HACIA LA FIESTA

  1. Por qué hacer el bien (Mt 4, 1-11)

Las tentaciones de Jesús son las tentaciones de quien, al plantearse su misión en el mundo, corre el riesgo de hacerse trampa a sí mismo con argumentos aparentemente razonables, pero realmente desviados.

La primera tentación es la de pretender usar a Dios en beneficio propio para eludir la tarea humana en el mundo, buscar atajos en el compromiso diario para zafarse del esfuerzo indispensable, pretender que Dios nos traiga el pan a la mesa sin ir nosotros a buscarlo. La respuesta de Jesús, que el hombre no vive sólo de pan, “equivale a decir que Dios no está con nosotros solo cuando se nos cambian las piedras en pan, sino también cuando no se nos cambian, cuando creemos estar sin él: porque se manifies-ta precisamente en la llamada a que cambiemos en pan las piedras” (J. I. González Faus).

En la segunda tentación se trata de hacer un portento que convenza de primeras a los escépticos o a los incrédulos. Es también saltarse una condición de la misión huma-na, la del servicio humilde y escondido, que no busca el prestigio del éxito espectacu-lar sino el bien de la persona. Durante su vida pública, Jesús se verá a menudo asalta-do por esta tentación y la apartará mandando silencio después de algunas curaciones. En la cruz será incitado a bajar de la cruz para creer en él. Pero su misión, como la nuestra, no la lleva a cabo en acciones portentosas que le den prestigio sino que se somete al riesgo del olvido o de la irrelevancia al que están sometidas todas las mi-siones humanas, por muy elevadas que sean.

La tercera tentación es buscar influir eficazmente haciéndose con mucho poder. El evangelio no desautoriza cualquier poder. Lo que niega es que se tome el poder “en nombre de Dios”. Hay que recordar constantemente que el poder humano es interino y relativo, no definitivo ni absoluto. No hay que confundir el poder que uno se arroga con el poder de Dios.

Abundancia material, prestigio y poder son tres tentaciones que pueden desviar a la persona de lo primordial en su vida. Se presentan a menudo disfrazadas de bien razo-nable. La persona tiene que preguntarse por qué actúa de veras, qué valores le susten-tan.

  1. Esfuerzo y gozo (Mt 17, 1-9)

Tenemos un grado de satisfacción diferente cuando conseguimos algo con nuestro esfuerzo y trabajo que cuando nos lo dan todo hecho. En el primer caso, lo apreciamos mucho más. En nuestra vida existe como una balanza: en un platillo está el trabajo y el esfuerzo, y, en el otro, la felicidad y la satisfacción.

Si desequilibramos la balanza solo a favor del platillo del trabajo y el esfuerzo, y no po-nemos nada en el de la felicidad y la satisfacción, el resultado es una persona insatis-fecha, siempre descontenta y quejosa.

Si, por el contrario, todo el peso lo ponemos en conseguir lo que nos satisface en este momento, rehuyendo el esfuerzo necesario para conseguir una meta, viene el vacío que lleva a la insatisfacción y a la infelicidad.
Esos dos platillos de la balanza aparecen en el evangelio. En la Transfiguración, escu-chamos a Pedro decir entusiasmado: ¡Qué bien se está aquí! Esta transfiguración se produce después del anuncio de Jesús de su pasión y muerte. Les había dicho a sus discípulos que tomasen la cruz para seguirle, pero también que esperasen su vuelta gloriosa.

Este episodio forma parte de la pedagogía de Jesús: mostrar que el sacrificio, el es-fuerzo, el trabajo y las renuncias no son por nada sino para llegar a la vida, para poder llegar a decir: ¡Qué bien se está aquí! También el camino difícil de la cruz necesita de la esperanza, de la motivación que anima. Al educar, no solo hay que exigir sino tam-bién motivar positivamente.

Ver la vida solo desde el punto de vista del sufrimiento, sin espacio para la alegría, es recorrer el camino difícil sin meta; por tanto, caer en la amargura.

También existe el peligro contrario: Pedro se siente tan bien, gozando de la presencia de Jesús y de su conversación con Moisés y Elías, que quiere quedarse allí en lugar de volver a la lucha de cada día. Es uno de esos momentos que decimos que no tendrían que acabar nunca.

Pero Jesús llama a levantarse y continuar el esfuerzo de cada día sin temor. Se puede arruinar la propia vida, las relaciones, el trabajo y muchas cosas si solo se acepta lo que agrada y se rechaza lo que requiere trabajo, camino laborioso. Hay que conjugar el ¡Qué hermoso es estar aquí! con el Levantaos, no temáis.

  1. Dame esa agua (Jn 4,5-42).

Es Jesús mismo quien siente sed y pide agua a la samaritana. Resulta algo inusitado. Se para a hablar con una mujer, lo que estaba prohibido para los judíos. Es una mujer pecadora, fulminada por la gente, especialmente por la que se consideraba de más clase que la gente vulgar. Para remate, era una samaritana, cuando los judíos y los sa-maritanos no se podían ni ver.

Jesús desafía los prejuicios y tabúes de su tiempo, inicia el encuentro y le pide de be-ber. Ante aquella mujer, tan frágil y por eso mismo tan despreciada, Jesús no se pre-senta con prepotencia. Al contrario, es un Jesús fatigado, sediento, necesitado. Dios se muestra frágil y sediento en Jesús.

Jesús se fatigó como nosotros. Aprendo así que el cansancio es humano, que es bueno y necesario sentarse a descansar: que tiene que haber momentos gratificantes a lo largo de la jornada; que hay que agradecer la tertulia y el café, y la buena película y el partido o juego relajante; y las vacaciones en calidad; el sueño, siempre reparador.

Jesús no se limitó a sentir la fatiga humana, sino que acogió y alivió a los fatigados. Por eso invita: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt 11,28). Venid a mí y descargad sobre mis hombros y mis espaldas vuestro peso, vues-tro agobio, vuestra debilidad, vuestra preocupación. Descargad sobre mí todo lo que os cansa y os deprime. Yo seré vuestra fuerza y consuelo, vuestra esperanza y alegría.
La sed de Dios se encuentra con la sed de la mujer, con nuestra sed. El que pide de beber está listo para ofrecer un agua nueva y eterna que regenera y transforma la vida.

La actitud y las palabras de aquel hombre cautivan a la samaritana. Esta mujer lleva en su corazón una historia de relaciones heridas. Jesús se va revelando al ritmo de las inquietudes que descubre en la mujer. El misterioso maestro no la condena, sino que le habla con palabras nuevas que llegan hasta su corazón sediento de relaciones in-tensas.

La mujer, tras el encuentro, anuncia a un “Mesías” que conoce sin condenar y que orienta la sed hacia las aguas que saltan hasta la Vida eterna,

La samaritana será un símbolo del hombre que no consigue apagar su sed. Todo hom-bre está herido de insatisfacción: Vamos de un pozo a otro, de un bar a otro, de un mercado a otro, buscando nuevos productos para calmar la sed que nos tortura, pero al final seguimos con más sed.

En la samaritana descubrimos sed de de felicidad, sed de amor – iba ya por el sexto hombre -, sed religiosa, sed del Mesías, sed de Dios.

Jesús ofrece a la samaritana el agua viva… Se necesita una cosa: ir a Jesús, creer en Él, pedirle de beber. Aceptar que Jesús es el Dios que te salva, que te ama, que está contigo. Aceptar su amor confiado y responder con amor confiado.

(Entresacado en gran parte del libro de Cáritas “Cuaresma y Pascua 2005”).

  1. Ver la luz (Jn, 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38)

Cuando alguien persiste en un error a pesar de las recomendaciones, solemos decir: “está ciego”. Si al mirar nuestro pasado, vemos algo que no debíamos haber hecho, también decimos: “entonces estaba yo ciego”. Solemos decir: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Hay una ceguera distinta de la ceguera física: es la ceguera del que cierra los ojos a la verdad, a la luz.

En este evangelio, Jesús cura a un ciego de nacimiento y encuentra la oposición de los fariseos, que no quieren ver la verdad. Según el Maestro, las cegueras que provienen del rechazo de la luz son peores que la ceguera física. Conocer a Jesús, fiarse de Él y seguir sus pasos es abrir los ojos para ver de veras.

Aquel invidente de nacimiento empieza por notar la curación física de su ceguera. Esa curación suscita en él admiración y agradecimiento. No se deja vencer por los juicios, amenazas y violencias de los fariseos: para él, Jesús es, por lo menos, un profeta. Esa es su primera fuerte impresión.

Hay una segunda curación en un nuevo encuentro con Jesús. El hombre estaba des-concertado y no se explicaba por qué le expulsaban los fariseos. En medio de su des-concierto, aparece de nuevo Jesús: el antiguo ciego no había descubierto todavía del todo la luz. Pero quiere creer en lo que cree Jesús, que Jesús le ayude a dar sentido a una vida que no sea un túnel sin salida, a tener una luz que ilumine.

El célebre autor de “El Principito”, Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), hace decir a uno de sus personajes: “solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”.

Para el ciego curado, el creo, Señor significa que Jesús ha iluminado toda su vida. Creer en Jesús transforma nuestra mirada, nos da una visión nueva: la visión desde el corazón de Dios. Sin esa visión de Dios, nuestra mirada es pobre, miope, a veces an-gustiosa, porque nos vemos en un círculo cerrado. Creo, Señor, me fío de ti y me con-fío a ti.

  1. Muerte y vida (Jn 11, 1-46)

A la muerte de un ser querido, sobre todo cuando se produce en momentos o circuns-tancias inesperadas, puede invadirnos la sensación de que nuestras aspiraciones, el anhelo por la vida no va con los intereses de Dios. Como si lo que Dios quiere y lo que el hombre anhela fuesen por dos vías paralelas que nunca se encuentran.

Pero Dios ama la vida y llama a la vida. Jesús, ante el amigo muerto, sollozó y estaba muy conmovido. La muerte no le deja indiferente. Sus lágrimas por la muerte de Láza-ro y por el sufrimiento de sus hermanas expresan su aflicción por el dolor de cada uno de nosotros y por el vacío que deja en nuestro corazón la muerte de una persona que-rida. Por eso, una oración en medio del sufrimiento puede ser: “Señor, yo sé que esto te duele como a mí o más que a mí; sé que Tú me acompañas y me apoyas, aunque estoy en la oscuridad y me siento en la desolación”.

Tu hermano resucitará, dice Jesús a Marta, y lo repite prácticamente a María. Realiza el gesto de resucitar a Lázaro, mostrando así que la promesa de la resurrección no es una promesa vana sino una realidad que debe empapar nuestra vida y llenarla de es-peranza. Estamos llamados a la vida y, si confiamos, nuestra esperanza no se verá de-fraudada.

Pero la resurrección de Lázaro es solo un signo, no la realidad definitiva. Tiene alcance limitado porque Lázaro seguirá teniendo enfermedades, contrariedades, sufrimientos, y terminará muriendo. Las obras “inmortales” – por su valor artístico, cultural, humano – están en constante riesgo de ruina, necesitan continuos cuidados, reparaciones, etc. para no ser destruidas por el tiempo. Los esfuerzos admirables de la humanidad por alargar la vida y por mejorar la calidad de vida no pueden impedir que, tarde o tem-prano, aparezca la muerte. No hay ninguna persona ni obra humana que dure siempre.

No hay realidad humana, por muy admirable que sea, como la resurrección de un muerto, que pueda expresar lo que es la resurrección definitiva y la superación de todo obstáculo a la felicidad.

Nosotros creemos en lo que dice Jesús cuando se dispone a resucitar visiblemente a su amigo Lázaro, pero como signo de una resurrección más radical y definitiva: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”.

También a nosotros se dirige la pregunta de Jesús. ¿Crees esto? Nuestra respuesta es clave para comprender la vida y no desesperar ante la muerte.
Mientras tanto, Jesús no tiene una actitud fría ante el dolor y la muerte. Con la resu-rrección de su amigo, nos está diciendo que quien cree en la vida eterna, en la resu-rrección definitiva, debe luchar también aquí a favor de la vida de los hombres y muje-res, intentar quitar todas las losas que les tienen sepultados en vida y desatar todas las vendas que les impiden andar dignamente. Quien cree de veras en la vida eterna favorecerá todo signo de vida y de amor.

  1. Perseguido y crucificado por ser justo y bueno (Mt 27, 11-54)

Jesús había proclamado: “Felices los que sufren persecución por ser justos y buenos, porque suyo es el reino de Dios”.

No fueron meras palabras, sino que lo vivió en su propia carne. ¿Será por eso un maso-quista que parece disfrutar en medio de la persecución y el sufrimiento?

Jesús no disfruta sufriendo ni quiere el sufrimiento para nadie. Lo que sucede es que él se ha propuesto ser justo, es decir según la Biblia, realizar lo que Dios quiere de él: liberar a la gente de toda esclavitud, también de la esclavitud de las conciencias que pretendían las autoridades religiosas de su tiempo. No podría encontrar su felicidad traicionando su vocación para conseguir una mayor comodidad sino afrontando con fe y coherencia los obstáculos que se le ponían.

Hoy día cristianos de numerosos países sufren persecución violenta o ven recortados sus derechos cívicos por tratar de ser consecuentes con su fe.

Pero la cruz no es exclusiva de los que viven bajo un gobierno o en medio de una masa que no respeta la diferencia de creencias religiosas.

En nuestro propio ambiente “podría parecer que ser ridiculizados, tener que soportar una sonrisa irónica o sufrir discriminación son persecuciones casi inofensivas com-paradas con las persecuciones sangrientas; sin embargo, a menudo ejercen un efecto disuasorio mayor porque la gente prefiere estar equivocada, pero con la mayoría, an-tes que estar en lo cierto y sola”. (González-Carvajal).

Tampoco hay que perder de vista algo que realistamente dice nuestro P. Chaminade: a veces “perdonamos más fácilmente al que nos maltrata que al que nos desprecia, y a menudo amamos más los golpes que algunos reproches” .

Por otra parte, en la propia vida se pueden ir experimentando las pequeñas muertes cotidianas, que es preciso aceptar para madurar y finalmente vivir, dando “un especí-fico sentido redentor a todo signo de muerte” (Cencini).

Esos signos se dan, “desde la paulatina pérdida de fuerzas con el paso de los años hasta la enfermedad y la vejez, pasando por la soledad afectiva, la pérdida de perso-nas queridas… Depender de los demás sin avergonzarnos de tener necesidad, la libe-ración o transformación de muchas pretensiones e ilusiones, el tocar con la mano la fragilidad y precariedad de la vida pueden ser experiencias positivas, aunque, en un momento dado, sean dolorosas. Nos hacen gozar del amor y amistad de tantas perso-nas buenas. “En la pequeña muerte cotidiana empieza a cumplirse un misterio: la in-tegración-transfiguración del mal llega a ser preludio de resurrección, para sí mismo y para los demás. Y la redención continúa”.

Pero no todo sufrimiento es positivo. Como dice Voillaume (1905-2003), “hay sufrimientos que no son cruces, sino pesos insoportables que aplastan al hombre; hay sufrimientos que reprimen e incitan a la rebelión. Estos sufrimientos son un mal, un es-cándalo, como el pecado”.

  1. Una fiesta continua (Jn 20, 1-9)

Al experimentado oncólogo del hospital de Pernambuco (Brasil) Rogério Brandao le produjo un fuerte impacto la ingenua reflexión de una niña de 11 años aquejada de un cáncer incurable. Algunas veces la había visto llorar, pero la pequeña nunca se vino abajo.

Un día la pequeña le habló de la muerte y de cómo entendía ella el paso de este mun-do a la otra vida. La niña le dijo al doctor: “¿Verdad que cuando somos pequeños, algu-nas noches vamos a dormir a la cama de nuestros padres? Pero al día siguiente resul-ta que nos despertamos en nuestra cama. Y es que los padres, cuando nos dormimos, nos cogen en brazos y nos llevan a nuestra habitación. Un día yo también me dormiré, y mi Padre del cielo vendrá a por mí. Y me despertaré en su casa, para vivir una vida auténtica”. Es la visión de una niña que no entra en vericuetos metafísicos, pero dice lo que siente.

El teólogo ortodoxo Olivier Clement (1921-2009), que se convirtió al cristianismo a los 27 años y calificaba su infancia en la familia como un “mundo sin Dios”, dice que “si la historia no se nutre de eternidad, se convierte simplemente en zoología”. El anhelo de eternidad lo puede sentir el niño y el adulto, cada uno en sus propias circunstancias y con sus propias manifestaciones.

La resurrección de Jesús es la luz y el fundamento de ese anhelo. Su mensaje se refie-re no solo al tiempo de después de la muerte sino también al modo de vivir el presen-te. Un cristiano de los primeros siglos, San Atanasio (296-373), decía que “Cristo re-sucitado hace de la vida del hombre una fiesta continua”.

Tenemos que vivir como resucitados, que nuestra vida aquí esté impregnada de esta fiesta de la resurrección. Empieza esta gran fiesta por mi parte cuando me propongo favorecer todo lo que sea bueno para las personas que me rodean y también para las que están lejos: una gota de humor en momentos de tensión, sin que pueda entender-se como frívolo desinterés de los problemas; un gesto de cariño, de agradecimiento, de consuelo, de acompañamiento; un esfuerzo, tomando la iniciativa o arrimando el hombro, para que los demás tengan una vida digna, para que sean más felices. Así se contribuye a que la vida, a pesar de las contrariedades, sea una fiesta.