Cuaresma 2021. Antonio Pacheco sm: “Ahora, en mi momento actual, lo que más valoro es el agradecimiento. Todo lo que soy es un inmerecido regalo del Señor”.

Cuaresma 2021. Antonio Pacheco sm: “Ahora, en mi momento actual, lo que más valoro es el agradecimiento. Todo lo que soy es un inmerecido regalo del Señor”.

Esta cuaresma preguntamos a cinco religiosos marianistas por los cambios que sanearon sus vidas, las transformaciones que aún esperan, y desean para el mundo. Esta tercera semana nos comparte su experiencia Antonio Pacheco sm. Muchas gracias por tus palabras Paco. #5Semanas5Testimonios

¿Qué has cambiado o que ha cambiado últimamente en tu vida que te ha hecho vivir mejor, caminar más ligero, sentirte más hondamente feliz?

            En 1992 –tarde, ¡ay de mí! – me vino la clarividencia de que las dos sesiones de oración prescritas por la Santa Regla eran insuficientes. Desde donde estuviera, Anthony de Mello me guió. Desde entonces, a pesar de las clases, las vigilancias y los pastoralismos, procuré reservar una hora seguida, a parte de lo oficial. Creo que esa mejora fue un regalo de un amigo que falleció ese año.

En la situación presente, más desahogado de ocupaciones, el tiempo dedicado a la oración ha ganado más en espontaneidad y resulta más gratificante. La media hora escasa y oficial de la mañana me da la impresión de un aperitivo fugaz. Sorpresiva e inexplicablemente, me siento gustosamente empujado a dedicar una hora o más por la mañana y fácilmente algo así por la tarde.

Yo mismo me admiro de esta tan no costosa inclinación.  Poder decir “¡qué bien estoy aquí ante el Señor! O bien “¿es que hay otra ocupación más gratificante?” 

Pero, cuando “es de noche” (San Juan de la Cruz) -y es frecuente eso de “la noche oscura”- hay que permanecer fiel al tiempo prefijado. El Señor “se da cuenta” de mi presencia agazapada, aunque yo no me dé cuenta de ÉL como desearía. Y sé que me dice: “No te imaginas lo mucho que me gusta que estés conmigo”. A veces, al final de esta nocturnidad, brilla un sol que compensa el frío que se ha soportado.

Ahora, en mi momento actual, lo que más valoro es el agradecimiento hacia el Señor. Agradecimiento consciente, pleno, en acto puro. Todo lo que soy es un inmerecido regalo del Señor. Gratuidad hasta la estupefacción. Más aún, este sentimiento de agradecimiento también es un regalo del Señor, no es producto mío. También me lo ha regalado. Acaso sea el mejor obsequio.

            Pero, atención, este agradecimiento es algo que -juego de palabras- el Señor no lo tiene si no se le da. Luego es algo que El Señor agradece y -otro palabrear en juego- algo que se añade a la felicidad del Señor.

            “No se le dará una prueba a esta generación” (Mc 8, 11) Mi carretón de años ya es una prueba, un signo de la Presencia amorosa del Señor. Que me busca al caer la tarde, bajo el soplo de la brisa. Pronto podré ver su rostro directamente y me hará semejante a ÉL.

¿Qué te sientes llamado a cambiar o te gustaría que cambiara en tu vida en este tiempo de “gracia” que es la cuaresma?

Hay una imagen del niño Samuel, despertado del sueño, con los ojos muy abiertos y la sonrisa radiante. “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

María Magdalena lloraba junto al sepulcro por esa ausencia tan querida. ¡Quién pudiera tener los ojos limpios para contemplar al bien!

En la última “morada interior” limpia, vacía, resplandeciente, colocar solo un sillón para que ÉL entre y se siente. Y decirle, sin balbucir en la corazonada dicción: “Tuyo soy, para TI nací. Haz lo que quieras de mí”. Arrojar todos los objetos de la cesta y dejar que el “globo” suba y se pierda en lo de arriba. ¡Qué más quisiera yo! Que cada persona me infundiera paz y amistad. Que viera en cada persona el rostro del Señor y me elevara hacia ÉL.

En este domingo de Cuaresma llamean frases que nos invitan a ese “un no sé qué, que se alcanza por ventura”: Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí.   No te harás ídolos. Jesús subió a Jerusalén. Los echó a todos del templo.

Pero ¿Cómo conocer al Incognoscible

            Amar al Inefable

            Servir al que no se ve.

                        ¿Cómo no caer en la frustración?

            ¿Cómo se puede amar al   Infinito?

            ¿Cómo pretender íntima amistad con “El que ES”?

            ¿Cómo enamorarse de la   Omnipotencia?

            ¿Cómo dialogar con El Absoluto?

            ¡Y TÚ   te las ingenias para atraerme a la capilla y tenerme un rato conTIGO!

Habría que modificar todas las ideas, conceptos, palabras. Pero seguirían siendo instrumentos humanos, inapropiados. Tiene que ser el mismo Señor quien nos disponga y nos dé receptores y repetidores compatibles con su modo de ser

¿Qué cambios crees que necesita nuestra vida común, nuestro pequeño mundo, nuestro modo de relacionarnos y organizarnos?

            “Nuestro pequeño mundo” fue un popular grupo musical del año 1968. Su canción emblemática llegó a ser “Oh sinner man”: “Oh pecador, ¿donde vas errante?”. Sugestiva referencia. A lo de “pecador” y a lo de “ir errando”.

            En Carabanchel -¡ese Escolasticado!, años 50, ¿años 60?- Se cantaba, incluso en procesión por el paseo externo, eso de “ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum“. Y eso que los directores de aquellas comunidades   -buena voluntad, dudar ofendería- eran capitanes intrépidos, el que manda, manda, César es César… Y eso que el hablar era solo para el tiempo limitado de recreo. Y todo diálogo personal era sospechoso.  No amistad, hermandad.

Vamos al presente. Ya no hay silencio obligado y en todas las comidas se puede hablar.  Pero hay comidas silenciosas con el rumor monocorde de cubiertos que rallan y platos que son arrebañados. Y cenas solitarias con finalidad tan solo vegetativa. Y pasillos casi cartujanos transitados por individualidades que marchan cada uno a lo suyo: ¡Volver a la alegría de la juventud perdida! ¡Recuperar el amor primero y no desengañado!

            Antes, era rara la cerveza, el café y los pasteles. Hoy día hay de todo. Y no se abusa de ello, dato a destacar con acierto.  Pero falta el gozo del encuentro inesperado, de saborear lo nuevo, de la charla festiva ante un platito de cacahuetes humildes. ¿Habéis tenido la experiencia de llegar a la sala de comunidad, descubrir en sus lecturas o televisiones a una persona agradable, entrar, sentaros, y percibir el halo de bienestar que exhala dicha persona? Según Ortega y Gasset, hay presencias que enriquecen, dan vida. Y otras que, misterio lamentable, te desertizan el existir y succionan tu vitalidad. ¿Abundan esas presencias benéficas? ¿Somos esas presencias para los otros “peregrinos”? ¡Por favor!, que el Señor sepa distribuirlos para luz y júbilo de las comunidades.

«Nunca tan comunicados y nunca tan solos». Este clamor por la comunicación personal, por el diá­logo, por la escucha, por un hogar, ¿no es un verdadero desafío y una excelente oportunidad para la vida reli­giosa? ¿No es un kairos para la comunidad religiosa?

            La experiencia y la práctica comunitaria deberían ser un verdadero signo evangélico para todas esas per­sonas que andan en busca de ámbitos comunitarios para romper sus soledades. Pero, ¿cómo recuperar o   enriquecer el gozo de la vida en común?

            Desde tiempos remotos, y las laudes del tercer sábado, el profeta Ezequiel nos consuela con esta promesa en nombre del Señor. Ya que solo el Señor podría hacerla realidad: “Os daré un corazón nuevo y os infundiré uno espíritu nuevo”. (Ez 26,34), Y suplicábamos en las laudes del sábado de Ceniza: “Desde el comienzo del día acrecenté en nosotros el amor a nuestros hermanos”. Jean Paul Sartre me oyó desde el más allá, y, de tanto pensarlo, se sumió en un “chok”  profundo.


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